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CHILE | 1973 – El libro no escrito

1973

Empecemos desde el principio: No soy chileno, pero tengo un interés literario-histórico respecto a lo ocurrido antes, durante y despues del golpe de estado en Chile de 1973, en especial lo mucho que aún se desconoce del “detrás de bastidores” de esa época.

Hace no mucho tiempo leí una anécdota con respecto a la fotografía que encabeza este artículo, y me sorprendió como aquella historia aparentemente había permanecido oculta por más de 40 años. Ese hecho me llamó la atención no solo por ser algo “desconocido” para el público en general, sino por lo similar en que fue redactado el artículo en comparación el libro “La Rebelión de Los Naufragos” de Mirtha Rivero, en cuando a hechos que marcaron una época determinada en la historia de un país pero que no eran ampliamente conocidos.

No se si existirá un libro similar (anecdótico-periodistico) que abarque tanto los gobiernos de Allende y Pinochet, en donde se compartan tanto los hechos relevantes que se hicieron noticia como lo que ocurría en cada una de las instancias donde se manejaba el poder ante tales situaciones. Recientemente TVN hizo algo similar, pero para la television, con su documental “1973: El año que cambió nuestras vidas”, relatandose vivencias de distintas familias desde 1970 hasta 1973; La Tercera lo hizo con su reportaje interactivo “Especial 40 años del 11 de Septiembre de 1973” y “Destacados del Año 1973”, realizandose en ambas un recorrido detallado de los hechos del golpe de estado a lo largo del dia que ocurrió; y Chilevisón con su documental “Chile: Las Imágenes Prohibidas”, abarcando en un espectro aún más amplio los hechos desde 1973 hasta 1989. Dichos programas hicieron un excelente trabajo en contar los hechos de la mejor forma posible, tanto en todo aquello que fue documentado por cámara, como confiando en lo que contaban quienes vivieron en esa época; pero creo que para la fecha no existe un libro que plasme esas casi 3 décadas de una forma satisfactoria como para sentirla como un relato histórico.

Pero entonces ¿que necesita un libro para que cumpla con estos requisitos? En lo personal requeriría una investigación periodística a profundidad que indague en cada uno de los hechos más relevantes de esos años, para obtener detalles como los de los siguientes videos:

Quizás el problema es tanto el peso histórico de los eventos, así como también la extensión de los mismos. Tal como comenta la periodista Nancy Guzmán, autora del libro ‘Ingrid Olderock: La mujer de los perros’, también depende de una actitud reacia de la sociedad ya que “hemos investigado poco respecto de nuestra historia (y son precisamente) los libros como éste, que aparecen, dos, tres cuatro o cinco al año, (los que) revelan trozos de la historia. Pero faltan muchos por completar”.

Para cerrar, acá les dejo el artículo de La Tercera del cuál comenté al inicio, basada en el momento en que fue tomada la foto que encabeza este escrito:

El general y el fotógrafo
por Paola Saís D. (LA TERCERA, 01/09/2013)

De lentes negros. Así retrató Chas Gerretsen al general Pinochet en el tedeum de 1973. La imagen se hizo famosa en todo el mundo. Cuarenta años después, de paso por Santiago, el corresponsal holandés cuenta la trastienda de esa fotografía. “Quienes lo rodeaban le sugirieron que se sacara los lentes. El no les hizo caso y les respondió: ‘Yo soy Pinochet'”, recuerda. Además, habla de sus turbulentos nueve meses en Chile y muestra más imágenes.

Cuando Chas Gerretsen llegó a la Iglesia de la Gratitud Nacional, el 19 de septiembre de 1973, se encontró con un grupo de fotógrafos de diarios locales tan entusiasmados como él por lo que estaba a punto de suceder. Faltaban pocos minutos para el mediodía. Afuera, el cielo se llenaba rápidamente de nubes. Para el entonces corresponsal de la agencia Gamma y de la revista Time, la ceremonia de ese día era una oportunidad para tomar fotos simbólicas de la recién instaurada Junta Militar.

Ese año, el tradicional tedeum se había trasladado desde la Catedral Metropolitana a la iglesia ubicada en Alameda con Cumming. Era el primero de la Junta Militar. Una misa donde el cardenal Raúl Silva Henríquez bendeciría al cuarteto de generales que una semana atrás había derrocado al gobierno socialista de Salvador Allende. La presencia de militares armados, tanto al exterior de la iglesia como en las últimas filas del templo, llamaron la atención de Gerretsen. Silva Henríquez estaba en el altar junto a otros cuatro sacerdotes. Al costado derecho, tres cadetes de la Escuela Militar flanqueaban a los generales de la Junta Militar. De izquierda a derecha estaban sentados Augusto Pinochet Ugarte, José Toribio Merino, Gustavo Leigh Guzmán y César Mendoza Durán. Siguiendo esa misma fila, un poco más allá, estaban los ex presidentes Eduardo Frei Montalva y Jorge Alessandri.

Mientras se acercaba, el desgarbado fotógrafo holandés de 30 años chequeó que su cámara Nikon F y su lente Nikkor-P de 105 milímetros estuvieran listos. Llevaba dos películas Kodak Tri X-Pan de 400 asas y 36 tomas blanco y negro. Una en la cámara, la otra en su bolsillo. Con sigilo se fue acercando cada vez más al sector destinado a las autoridades. “Los cuatro jefes de la Junta Militar estaban sentados en sillas contiguas. Muy cerca unos con otros. Pero ninguno de ellos se veía tan imperial como el general Pinochet”, recuerda hoy Gerretsen. La memoria no le falla, pese a que han pasado 40 años.

Mediados de junio, 2013. Acostado sobre un plumón rojo que cubre su cama del Extremus Hostel, en Avenida Vicuña Mackenna, Chas Gerretsen reflexiona: “Es raro. Nunca me habían entrevistado sobre el golpe de Estado en Chile, y ahora, 40 años después, en dos días me han pedido cinco entrevistas”. Apoyado en un botellón de agua mineral, que su mujer Monika le compró en un negocio de la esquina, Gerretsen explica que se siente fatal, ya que al igual que en 1973, cuando vino por primera vez a Chile, sintió deseos irrefrenables por comer mariscos. Esa vez el arrebato le significó una indigestión memorable. Hoy, esa misma tentación lo tiene al borde de la deshidratación severa y convencido de que los mariscos chilenos no son el problema, “sino yo y mi cuerpo de holandés”.

Está de viaje relámpago de cinco días a Santiago. Su anterior visita fue en septiembre de 1974. “Un canal de televisión me invitó ahora a participar en un programa que preparan sobre el golpe de Estado”, precisa. Y agrega que también visitó el Museo de la Memoria, invitado por su director, Ricardo Brodsky, donde donó parte del material fotográfico que realizó en Chile. “Con el museo estamos preparando una exposición para fines de 2014 o principios de 2015. También un libro”. Al recordar el Chile que vio en 1973, Gerretsen es agudo y apasionado. Cuenta que esa vez no llegó aquí por un interés histórico o profesional, sino por la necesidad de tener un trabajo como corresponsal extranjero.

“Cuando terminó la guerra de Vietnam me quedé sin trabajo. Por referencia de conocidos viajé a Argentina en barco, pero allá me dijeron que ya había demasiados fotógrafos y que mejor probara suerte en Chile”. No lo pensó dos veces y el 8 de enero de 1973 llegó a Santiago con el cartel de corresponsal de la revista Time y de la agencia fotográfica Gamma. A la semana arrendó un departamento en Providencia. “Del nombre de la calle ya no me acuerdo”, advierte. “No sabía nada de Chile. No conocía a Salvador Allende. Yo estaba buscando una guerra. Venía de una y buscaba otra. Era un fotógrafo de conflictos y cuando llegué no sentí ni percibí nada…, al principio”.

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A diferencia de lo consignado por la prensa de la época sobre el clima beligerante que se respiraba en el país, Gerretsen percibió al Santiago de enero del 73 como una ciudad normal y sin sobresaltos. El paso de los días y las semanas fueron cambiando su percepción inicial. Recuerda que las manifestaciones callejeras se fueron haciendo cada vez más violentas. Lo mismo, las colas por alimentos básicos. “Había comida, pero eran horas de espera. La gente más pobre se aprovechaba, porque tenían tarjetas de racionamiento, entonces se llevaban cuatro pollos y vendían tres en el mercado negro. La clase alta no hacía colas, no había necesidad”.

En sus nueve meses en Chile previos al golpe, Gerretsen fotografió varios hechos. El 19 de junio de 1973, por ejemplo, le tocó el Tanquetazo o Tancazo, donde captó la insurrección y también la muerte del camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen, en calle Agustinas, a manos de un grupo de soldados. Una vez apagada la sublevación militar, el corresponsal fotografió -casi sin darse cuenta- a Pinochet junto al comandante en jefe del Ejército, Carlos Prats, y al entonces ministro de Defensa, José Tohá, con quien ese día lideraba las fuerzas leales al gobierno.

El 4 de septiembre de ese año retrató el segundo aniversario del triunfo de Salvador Allende. Por esos días, vio también a través de su lente la agitación social en las calles y las protestas de la oposición. Del tedeum del 19 de septiembre de 1973, Chas Gerretsen recuerda que había otros fotógrafos en la iglesia, pero que ellos sólo tomaron planos generales, abiertos, e imágenes de la ceremonia en general. El, que con su cámara a cuestas ya había llegado cerca de las autoridades militares, tomó otra opción.

“Yo quería algo distinto, así que resolví fotografiarlos uno por uno. En close up. Como en un retrato. Cuando me acerqué a tomar la foto del general Pinochet, quienes lo rodeaban le sugirieron que se sacara los lentes que tenía puestos, pero él no les hizo caso y les respondió: ‘Yo soy Pinochet’, y se los dejó puestos”. Gerretsen agrega: “Esa foto la repetí tres veces. Al revisar los fotogramas 13, 14 y 15, me quedé con la primera toma”. Después de ese día, Pinochet nunca volvió a fotografiarse con lentes, asegura Gerretsen, rotundo, quien sin saberlo captó esa mañana la que se convertiría en lo que considera la imagen de la dictadura chilena en el mundo. Y, de paso, la que lo convertiría a él en un fotógrafo famoso.

Al consultarle por la reacción de Pinochet cuando él le tomó esa fotografía, el holandés dice que el general siguió impávido y que al terminar la ceremonia el cardenal Silva Henríquez lo acompañó hasta la puerta de la iglesia, donde junto a los otros tres integrantes de la Junta realizó un saludo militar, rodeado de una docena de boinas negras con fusiles M16.

Chas Gerretsen se acostó la noche del 10 de septiembre de 1973 sin ninguna corazonada. Esa noche durmió en calma, en un país que borboteaba violencia por todos lados. A las siete de la mañana del 11, esa inocente tranquilidad terminó de un plumazo. “Sonó mi teléfono. Era Sylvain Julianne, el corresponsal de la agencia Sigma que se alojaba en el Hotel Carrera”. El francés le dijo que algo extraño estaba pasando. Que había muchos carros policiales que rodeaban La Moneda y que, por lo que se veía, los carabineros estaban defendiendo al presidente. “Prendí la radio y no había nada, sólo música. Tomé mis cuatro cámaras y los 14 rollos fotográficos que tenía y salí. En la calle no había buses, ni taxis, así que me puse a caminar hasta llegar a La Moneda”, dice Gerretsen. Recuerda que cuando llegó, a las 9.30 horas, en las afueras del Palacio vio a unas 12 personas entre camarógrafos, periodistas y fotógrafos, pero que hoy sólo se acuerda de Sylvain.

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Al pedirle que haga memoria de la mañana del 11 en La Moneda, cierra los ojos y después de algunos segundos habla despacito: “Nosotros estábamos en calle Morandé. Había carabineros en la intendencia. A las 10 de la mañana recuerdo a militares ingresando a la zona con tanques. Alrededor de las 10.50 muchos carabineros salieron desde adentro de La Moneda, sin armas. Pude fotografiar a los prisioneros acostados en la calle y cómo un tanque amenazaba con aplastarlos”.

Lo que Gerretsen vio ese día lo plasmó con detalle en la hoja de trabajo que armó horas más tarde, como información complementaria a sus fotos. Allí, escrito a máquina sobre tres hojas amarillas, se lee, por ejemplo, cómo exactamente a las 10.45 ve a civiles abandonar el Palacio de Gobierno con los brazos en alto. O cómo una hora y media después las calles aledañas se llenan de polvo cuando los aviones ya bombardeaban La Moneda. A las 12.30 ya divisa llamas en el edificio.

Es un guión cronológico y dramático, que él completa con anotaciones a mano y el dibujo de un mapa que muestra la Alameda, la Plaza Bulnes, La Moneda, la Plaza de la Constitución, los ministerios cercanos, el Hotel Carrera y la ubicación precisa de los francotiradores. “Según el registro de mi hoja de trabajo de ese día, a las 2.45 de la tarde un soldado se acercó a donde estábamos con Sylvain y nos dijo que Salvador Allende se había suicidado. Intentamos convencerlo de que nos dejaran ingresar a fotografiarlo o, al menos, que nos dejaran quedarnos mientras sacaban su cuerpo, pero fue inútil, nos obligaron a abandonar el lugar”.

Después de tener que dejar la zona de La Moneda, Gerretsen y Sylvain siguieron tomando fotos en los alrededores. Según consta en su hoja de trabajo, entre las 15 y las 15.45 tomó imágenes de grupos de soldados en el centro de Santiago y de camiones con jóvenes reclutas que pasaban frente a la Universidad de Chile.

Para el holandés, que ya sabía de estos temas como corresponsal en las guerras de Camboya y Vietnam, todo lo que vio en Chile ese día no es lo peor que le ha tocado vivir, pero sí lo más extraño: “El 10 de septiembre yo estaba tomándole fotos a un Presidente Allende rodeado de sus asesores, y al día siguiente mi cámara enfocaba a esos mismos asesores, tumbados boca abajo en el suelo, con las manos amarradas a la espalda y fusiles que los apuntaban”.

Dos días después del golpe, Gerretsen regresó a su departamento en Providencia. No alcanzó a cerrar la puerta cuando un grupo de vecinos rodeó al rubio desgarbado para decirle que otro de los inquilinos del edificio lo había denunciado a la Dina por comunista. “En ese momento estaba con Sylvain y los dos resolvimos esconder nuestros rollos con fotos por si la policía llegaba a revisar el lugar”.

Decidieron colocar algunos rollos dentro de las fundas que rodeaban las almohadas, y otros en una sopera que estaba en la parte alta de un armario y que pertenecía a la dueña del departamento. “Era una mujer de clase alta y con Sylvain concluimos que si le decíamos a la policía que la sopera era de la dueña, una mujer tan fina, ellos no se atreverían a escarbar en ese lugar”, cuenta.

No pasaron más de dos horas cuando un grupo de 15 militares irrumpió en el departamento de Chas y registraron hasta el último rincón, pero no tocaron las almohadas ni menos la sopera, luego de que ambos fotógrafos les explicaran a los uniformados su exclusivo origen. En cuestión de horas se cerraron las fronteras y el estado de sitio tenía a chilenos y extranjeros presos en sus casas. Para Gerretsen fueron días caóticos. Los fotógrafos luchaban por resguardar sus imágenes de la represión policial. Recuerda que muchos escondieron sus rollos en la parte de arriba de los ascensores del Hotel Carrera. “En esos días tomé muchas fotografías de muertos en las calles de Santiago y también de cuerpos que aparecían flotando en el río Mapocho”.

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La afición de Sylvain por los aperitivos abrió la puerta para que las históricas fotografías que habían tomado él y Gerretsen pudieran abandonar Chile y dieran la vuelta al mundo. En el bar del Hotel Carrera, el francés conoció a un piloto uruguayo que le ofreció llevarlo hasta Buenos Aires. El aceptó, y tras despedirse de su amigo holandés subió al avión transandino. Llevaba con él sus films y los de Chas. En Argentina no tardó en abordar un avión a París. En el aeropuerto de la capital francesa, Sylvain no sólo se encontró con sus jefes de la agencia Sigma, sino también con los representantes de la agencia Gamma, que venían tras los films de Chas Gerretsen y de la exclusividad de las primeras fotos del golpe de Estado en Chile que llegaban a Europa. Cada agencia se fue del aeropuerto con sus respectivos botines, que luego distribuirían a distintas agencias noticiosas y medios de prensa.

Gerretsen seguía en Chile. Pero abandonó el país en octubre de 1973, luego de dejar su departamento y vivir unas semanas con los corresponsales del Washington Post y del New York Times, custodiados por un guardaespalda de la embajada de Estados Unidos.

“Me fui porque Chile ya estaba terminado y yo me empezaba a sentir poco querido. Los militares pensaban que yo era un problema, un pain in the ass. Los derechistas pensaban que era comunista, y los de izquierda creían que como era rubio y de ojos azules era fascista”.

Cuenta que, hasta que vino en junio pasado, sólo regresó una vez a Chile, en 1974. “Vine para el primer año del golpe, pero no lo pasé bien. Casi no me dejan entrar. Nunca me sentí seguro. No es un buen recuerdo”. Explica que nadie lo invitó y que no estuvo mucho tiempo: “Llegué en junio y me fui el 30 de septiembre del 74”. Realizó reportajes fotográficos en la mina El Teniente y en Chiloé. Y en septiembre recuerda haber estado presente en la Parada Militar y haber participado en una entrevista del general Pinochet para la revista Time.

-¿Sintió miedo por su vida?

-Teníamos miedo de que los militares nos hicieran desaparecer. Nuestro teléfono estaba intervenido. Tomábamos una foto en la calle y al rato la policía estaba en el departamento pidiéndonos el rollo de fotos. Nunca más volví a estar relajado. Siempre pensando que algo podía pasar. Para mí, América Latina siempre fue más peligroso que Vietnam.

De los 190 rollos fotográficos que Chas Gerretsen tomó en Chile, entre enero y octubre de 1973, sólo 12 se habían revelado hasta este año, que el Museo Fotográfico de Holanda inició un trabajo de recuperación de su trabajo. Casi en su totalidad se trata de imágenes captadas el 11 de septiembre de 1973, mientras que otras corresponden a actividades posteriores de la nueva Junta Militar. Entre ellas, esa foto de un ceñudo Augusto Pinochet, de brazos cruzados y lentes oscuros, en medio del tedeum en la Iglesia de la Gratitud Nacional.

“Esa fotografía cambió mi vida. Pasé de ser un fotógrafo más de los que hacen prensa, de guerra, de conflictos, a ser un profesional destacado y reconocido en el mundo”, dice sin soberbia, pero con indisimulado orgullo.

Para Chas, el close up que le tomó a Pinochet ese mediodía del 19 de septiembre “no representa la imagen de un dictador chileno, sino que es la personificación de todas las dictaduras. Uno no debe saber su nombre o de qué país era. La fotografía lo dice todo”. Tras su paso por Chile, Gerretsen ganó en 1974 el Premio Robert Capa por las imágenes captadas antes, durante y después del golpe de Estado. Luego, vino el cambio de giro. “Tras ser corresponsal de conflictos, fui special photographer en Hollywood”, dice. No exagera: después de cubrir tantas batallas, se instaló en California y trabajó con directores como Francis Ford Coppola. Hacía fotografías de las películas. Según Gerretsen, en Apocalipsis Now fue él quien le sugirió a Coppola el rol del enloquecido periodista que encarnaría Dennis Hooper. Y asegura que entre las cámaras que el actor se colgó al cuello para el filme estaban las tres suyas que había vendido a la productora Coppola Cinema 7. Las mismas que había usado para retratar la guerra de Vietnam. Y el 73 chileno.

“Luego fui fotógrafo publicitario y después me aburrí. Hoy sólo le tomo fotos a mi esposa”, explica este hombre de casi dos metros, que hoy pasa sus días en una barcaza dormitorio que tiene anclada en Puerto España, la capital de Trinidad y Tobago.

-Después de esa foto en el tedeum, ¿volvió a ver a Augusto Pinochet?

-Después del golpe de Estado le pedí una entrevista y me la dieron. Yo no era nadie y me tomó por sorpresa cuando me avisaron que me recibiría. Fui con mi novia, una francesa que no sabía nada de periodismo y estaba muerta de miedo.

Chas Gerretsen llegó junto a su novia hasta el piso 22 del edificio Diego Portales, donde se encontraba la oficina del general. “Mi novia llegó con una cámara, lo saludó y a medida que iba haciendo las preguntas fue agarrando fuerza. Le hizo una buena entrevista”. Poco tiempo después, el holandés participó en una segunda entrevista al general, esta vez en su domicilio particular. Fue a la hora del té y Pinochet se hizo acompañar de su mujer, Lucía Hiriart. “Ambas entrevistas fueron distribuidas por la agencia Gamma. Nunca supe quién publicó esas notas, ya que el dinero que recibí por ellas fue por concepto de las fotografías tomadas, y no por el texto”, señala Gerretsen.

-¿Y Pinochet no le hizo ni un comentario de la foto en la iglesia?

-Nunca me dijo ni una sola palabra de esa imagen, la de los lentes oscuros. Ni en la primera entrevista, ni después cuando fui a la otra entrevista en su casa, junto a su mujer. Yo creo que la concertó para intentar cambiar la imagen que mi primera foto dejó de él. Pinochet pensaba que yo era una persona importante…

http://www.latercera.com/noticia/nacional/2013/09/680-540494-9-el-general-y-el-fotografo.shtml

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